Resident Evil: Noche cero
Hay algo particularmente interesante en ver a un director como Zach Cregger entrar en el universo de Resident Evil.
Después de Barbarian y La hora de la desaparición, dos películas que demostraron que todavía es posible encontrar ideas nuevas dentro del terror comercial, la noticia de que iba a ponerse al frente de una franquicia tan conocida podía generar cierta desconfianza. Resident Evil arrastra además una historia cinematográfica bastante particular, marcada por las películas de Paul W. Anderson y por una saga que terminó construyendo su propia identidad a fuerza de acción, criaturas y espectáculo.
Pero Cregger parece haber entendido algo fundamental: no necesitaba convertir Resident Evil: Noche cero en una demostración de prestigio cinematográfico. Tampoco necesitaba alejarse de aquello que hace reconocible a la franquicia. Lo que tenía que hacer era divertirse con el material. Y esa decisión termina siendo, probablemente, una de las mayores virtudes de la película.
Resident Evil: Noche cero funciona porque abraza sin complejos el costado más visceral, absurdo y entretenido del terror. Es una película de apenas noventa minutos que sabe exactamente cuánto tiempo necesita para contar su historia y, sobre todo, cuándo tiene que acelerar. Hay sangre, monstruos, suspenso, acción y humor, pero nada parece colocado allí simplemente porque una película de Resident Evil debería tenerlo. Cregger utiliza esos elementos para construir un espectáculo que constantemente intenta llevar al espectador un poco más lejos.
Ahora bien, hay una diferencia importante entre que la película funcione y que sea una adaptación completamente fiel a los videojuegos. Y acá es donde algunos jugadores pueden sentirse incómodos. Resident Evil: Noche cero tiene referencias, elementos reconocibles y situaciones que dialogan claramente con el universo de los juegos, pero hasta ahí. No estamos frente a una traslación directa de uno de los títulos de la saga ni ante una película que intente reproducir fielmente su historia.
Para alguien que llegue al cine principalmente como fan de los videojuegos, algunas decisiones pueden resultar discutibles. La película toma elementos del universo Resident Evil y los utiliza para construir su propia historia. Como película funciona por sí misma, pero no necesariamente busca satisfacer al espectador que espera encontrar una adaptación minuciosa de los juegos. Cumple a grandes rasgos con el espíritu de la franquicia, pero se toma bastantes libertades.
Y quizás sea mejor saberlo antes de entrar a la sala.
La historia, en realidad, es bastante sencilla. Bryan, interpretado por Austin Abrams, trabaja como repartidor especializado en transporte médico y recibe el encargo de llevar una conservadora de contenido desconocido hasta un hospital de Raccoon City. El problema es que la entrega ocurre de noche, en medio de las montañas y la nieve, utilizando un vehículo poco preparado para semejante recorrido. Mientras intenta cumplir con su trabajo, Bryan también tiene una cuestión mucho más personal esperándolo en casa: su novia acaba de descubrir que está embarazada.
A partir de ahí, una tarea aparentemente rutinaria se transforma en una pesadilla que escala progresivamente. No hay demasiadas vueltas narrativas ni una trama especialmente compleja detrás del conflicto. Cregger sabe que no necesita construir una historia gigantesca para que Resident Evil funcione. Le alcanza con plantear una situación sencilla, poner al protagonista en el lugar equivocado y empezar a complicarle la noche.
La película además evita llenar la pantalla de explicaciones. La información aparece cuando hace falta y el espectador va entendiendo las reglas mientras Bryan se mete cada vez más profundamente en el problema. Esta decisión beneficia especialmente a una adaptación basada en un videojuego: en lugar de detenerse durante largos minutos para explicar toda la mitología, la película prefiere avanzar.
Todo ocurre durante una misma noche y esa limitación temporal termina convirtiéndose en una ventaja. Noche cero tiene una estructura directa, compacta y bastante lineal. Cregger no intenta repetir las estructuras narrativas que utilizó en sus trabajos anteriores y entiende que acá la velocidad es parte del espectáculo.
También hay que hablar de los efectos especiales, porque son uno de los puntos fuertes de la película. Hay una buena combinación entre efectos digitales y efectos prácticos, y estos últimos tienen una presencia considerable. Las criaturas, las transformaciones y buena parte de la violencia tienen una materialidad que ayuda a que el horror resulte más contundente.
Y cuando aparecen los monstruos, la película no tiene demasiadas intenciones de ser amable.
Una de las mayores satisfacciones de Resident Evil: Noche cero está precisamente en descubrir qué criatura va a aparecer después y qué va a hacer con ella el director. Cregger entiende que el horror no consiste solamente en mostrar un monstruo digitalmente espectacular, sino en construir el momento adecuado para que su aparición tenga peso. El suspenso prepara el terreno y, cuando finalmente llega la violencia, la película no parece tener demasiado interés en contenerse.
La nieve también juega un papel importante. Los paisajes helados, la oscuridad y el aislamiento generan una atmósfera que inevitablemente remite al terror clásico. Hay ecos de El enigma de otro mundo, de John Carpenter, y algunos diseños de criaturas parecen dialogar directamente con esa tradición. Pero la película no se queda atrapada en la nostalgia. Toma esas referencias y las convierte en parte de un espectáculo moderno, rápido y bastante más salvaje.
El humor es otro de los elementos que ayudan a diferenciarla.
Bryan no es el héroe tradicional que uno esperaría encontrar en una superproducción de terror. Es un tipo común que quiere terminar su trabajo y volver a su casa. Sus problemas iniciales son cotidianos y bastante pequeños, pero de repente se encuentra enfrentando algo que está completamente fuera de escala.
Ese contraste funciona muy bien. El humor no elimina el terror; lo acompaña. Noche cero sabe cuándo bajar la tensión para permitir que el espectador se divierta y cuándo volver a ponerlo frente a una criatura desagradable o una situación bastante sangrienta. Esa combinación entre terror y diversión es, probablemente, donde la película encuentra su mayor personalidad.
Hay, sin embargo, un pequeño problema que no depende directamente de la película: los trailers.
Si alguien llegó hasta la sala después de haber visto todos los avances publicados, algunas de las sorpresas pierden bastante fuerza. Los distintos trailers muestran una cantidad considerable de situaciones, criaturas y momentos que hubieran funcionado mucho mejor como descubrimientos dentro de la película. No arruinan completamente la experiencia, pero sí reducen parte del efecto sorpresa.
Por eso conviene llegar con la menor cantidad de información posible. Algo bastante difícil cuando una película de estas características tiene que venderse justamente mostrando sus monstruos y sus escenas más espectaculares.
Resident Evil: Noche cero tampoco pretende reinventar el terror ni transformar para siempre el cine basado en videojuegos. Su objetivo es mucho más sencillo: ofrecer una hora y media de entretenimiento, tensión, humor, acción y gore, entendiendo perfectamente que el espectador también puede ir al cine simplemente para pasarla bien.
Y ahí aparece quizás la mayor virtud de Cregger. El director no parece avergonzarse de estar haciendo una película de una franquicia popular. No intenta convertir Resident Evil en otra cosa para demostrar que puede hacer cine “serio”. Conoce el género, conoce las reglas y decide jugar con ellas.
Para los fanáticos de los juegos, la experiencia puede ser más ambigua. Hay referencias y reconocemos el ADN de Resident Evil, pero no hay que entrar esperando una adaptación completamente fiel. La película utiliza ese universo como punto de partida para contar su propia historia. Para quienes puedan aceptar esa distancia, hay bastante para disfrutar.
Porque, al final, Resident Evil: Noche cero entiende algo que no siempre funciona en las grandes franquicias: no todo tiene que ser trascendente.
A veces alcanza con una historia sencilla, buenos efectos, criaturas horribles, algunos efectos prácticos muy bien utilizados, humor, sangre y un director que sabe exactamente cuándo apretar el acelerador.
Cregger venía construyendo una carrera que podía llevarnos a esperar de él algo cada vez más sofisticado o autoral. En cambio, eligió meterse de lleno en una franquicia popular y hacer algo mucho más simple: divertirse.
Y cuando un director conoce profundamente el género, entiende las reglas y además se permite jugar con ellas, el resultado puede ser bastante más interesante de lo que uno esperaba.
Resident Evil: Noche cero es un espectáculo de terror visceral, entretenido y consciente de lo que quiere ser. No es una adaptación perfecta de los videojuegos, ni pretende serlo. Pero como película, funciona.
Y quizás esa sea la mejor manera de verla: no como el Resident Evil que uno ya conoce, sino como una nueva pesadilla construida a partir de ese universo.
Calificación: Leon J. Blaze: 3/5 estrellas.
LEON J. BLAZE
Director de Contenidos
Leon J Blaze es creador de Warwolf Comic, profesor y diseñador gráfico publicitario. Especializado en narrativa visual, cómics, cultura geek y comunicación digital, participa en proyectos editoriales, audiovisuales y de contenido multiplataforma.
Contacto: Leonjblaze@laradicheta.com.ar
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