Hay una discusión sobre inteligencia artificial que todavía estamos teniendo de manera bastante superficial.
Nos quedamos hablando de si ChatGPT escribe mejor, si una imagen generada por IA parece real o si una empresa va a reemplazar determinados puestos de trabajo. Todo eso importa, pero hay una discusión bastante más grande detrás.
¿Quién controla la tecnología que está empezando a controlar buena parte de la manera en que buscamos, producimos y consumimos información?
La pregunta no es exagerada. La inteligencia artificial ya dejó de ser una promesa futurista. Está en nuestras computadoras, en los teléfonos, en las plataformas que usamos todos los días y en herramientas que empiezan a formar parte de trabajos que hasta hace poco parecían exclusivamente humanos.
Y hay algo que conviene aclarar de entrada: la inteligencia artificial no nació con ChatGPT.
Como señaló Delfina Arambillet, periodista especializada posteriormente en ciencia de datos, la IA es una disciplina que viene desarrollándose desde la década del 50. Lo que hizo ChatGPT fue otra cosa: sacar la inteligencia artificial de los laboratorios y ponerla directamente delante de millones de personas.
Y ahí cambió el partido.
Porque mientras la IA era un concepto técnico del que hablaban investigadores y especialistas, el debate podía parecer lejano. Hoy cualquiera puede utilizarla para escribir, investigar, generar imágenes, programar, estudiar, resumir información o producir contenidos. La barrera de entrada prácticamente desapareció.
Y cuando una tecnología deja de ser experimental y empieza a convertirse en infraestructura, la discusión deja de ser solamente tecnológica.
Pasa a ser política, económica, cultural y social.
Arambillet pone el foco justamente ahí. Las empresas que desarrollan e implementan buena parte de estas tecnologías son compañías privadas. Eso no es, por sí mismo, un problema. El problema aparece cuando esas herramientas empiezan a ocupar un lugar central en actividades que afectan a millones de personas y las reglas del juego quedan determinadas principalmente por quienes construyen la tecnología.
Porque una cosa es crear una herramienta.
Otra muy distinta es terminar construyendo una infraestructura de la que todos dependemos.
Y ahí es donde yo creo que tenemos que prestar atención.
No me preocupa que la inteligencia artificial sea cada vez más poderosa. De hecho, me parece inevitable y, en muchos aspectos, extraordinariamente útil. Lo que me preocupa es que avancemos tan rápido utilizando estas herramientas que nos olvidemos de discutir las condiciones bajo las cuales las estamos utilizando.
¿Quién decide cómo funciona un modelo?
¿Quién establece qué puede hacer y qué no?
¿Quién define qué información utiliza?
¿Quién responde cuando se equivoca?
¿Quién controla los datos?
¿Y qué pasa cuando una inteligencia artificial se convierte en una de las principales puertas de entrada al conocimiento?
No son preguntas de ciencia ficción. Son preguntas bastante concretas.
Y tampoco creo que la respuesta sea simplemente ponerle un freno a todo. Sería absurdo pretender regular una tecnología que cambia a una velocidad enorme utilizando reglas que pueden quedar viejas antes de entrar en vigencia.
Pero tampoco me parece razonable entregar todo el control a las empresas que desarrollan estas herramientas y esperar que ellas mismas determinen cuáles deberían ser los límites.
Entre el “que las empresas hagan lo que quieran” y el “hay que controlar absolutamente todo” existe un territorio enorme que todavía estamos construyendo.
Ahí debería estar la discusión.
Necesitamos regulación, sí. Pero una regulación que entienda realmente la tecnología que pretende regular. Y para eso no alcanza con funcionarios mirando desde afuera ni con empresas escribiendo sus propias reglas. Tiene que existir participación de especialistas, universidades, desarrolladores, periodistas, organizaciones y usuarios.
Porque hay otra cosa que me parece fundamental: la gente común también tiene que entender qué está pasando.
No podemos convertir la inteligencia artificial en una caja negra que utilizamos todos los días sin preguntarnos nada.
Cada vez que delegamos una tarea en una IA estamos tomando una decisión. Cada vez que aceptamos una respuesta sin verificarla, también. Cada vez que dejamos que una herramienta decida qué información vemos, qué contenido producimos o cómo resolvemos un problema, estamos cediendo una pequeña parte del control.
Y probablemente ese sea uno de los grandes desafíos de los próximos años.
No que las máquinas sean inteligentes.
Sino que nosotros no dejemos de ser críticos.
Porque hay una diferencia enorme entre utilizar una herramienta y depender de ella. La primera puede darnos más libertad. La segunda puede terminar quitándonosla sin que siquiera nos demos cuenta.
La inteligencia artificial puede democratizar herramientas que antes estaban disponibles para unos pocos. Puede acelerar procesos, ayudar a aprender, crear nuevas formas de expresión y abrir oportunidades que todavía ni siquiera imaginamos.
Pero también puede concentrar muchísimo poder.
Y cuando una tecnología tiene capacidad para intervenir en la producción y circulación de información, el poder sobre esa tecnología deja de ser un asunto exclusivamente empresarial.
Por eso este debate no debería reducirse a “IA sí” o “IA no”. Esa discusión ya quedó vieja.
La IA va a seguir avanzando.
La pregunta que tenemos que hacernos ahora es quién va a poner las reglas mientras avanza.
Porque si no participamos en esa discusión, otros van a decidir por nosotros.
Y después no sirve preguntarse cómo llegamos hasta acá.
LEON J. BLAZE
Director de Contenidos
Leon J Blaze es creador de Warwolf Comic, profesor y diseñador gráfico publicitario. Especializado en narrativa visual, cómics, cultura geek y comunicación digital, participa en proyectos editoriales, audiovisuales y de contenido multiplataforma.
Contacto: Leonjblaze@laradicheta.com.ar
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